El voto de opinión no tiene dueño

El voto de opinión no tiene dueño

Las segundas vueltas electorales suelen sacar a relucir algunas de las peores costumbres de la política latinoamericana. Una de ellas es la creencia, profundamente equivocada, de que los votos son propiedades transferibles y que los electores son una suerte de rebaño que simplemente seguirá las instrucciones de sus dirigentes.
Lo estamos viendo en Colombia y también en Perú. Apenas termina la primera vuelta, comienzan las negociaciones, los respaldos, los acuerdos y las adhesiones. Candidatos derrotados anuncian su apoyo a uno u otro aspirante, convencidos de que pueden entregar, enunos casos millones y en otros cientos de votos, como quien endosa un cheque o transfiere un activo. Hablan de caudales electorales propios, como si los ciudadanos les pertenecieran. 

El votante de opinión, el que analiza propuestas, evalúa trayectorias y toma decisiones por convicción, no recibe órdenes. Escucha recomendaciones, considera argumentos y finalmente decide por sí mismo. Puede coincidir con el candidato que apoyó en primera vuelta o puede tomar un camino completamente distinto. Esa es precisamente la esencia de una democracia madura. 

Tan equivocados como quienes creen poder transferir votos son aquellos dirigentes de centro que, llegada la hora de la definición, optan por la ambigüedad. Son los eternos tibios, los que prefieren no comprometerse para evitar críticas futuras, los que intentan quedar bien con todos aun cuando las circunstancias exigen claridad.

La neutralidad puede ser una posición legítima cuando las diferencias son menores o cuando están en juego asuntos de administración pública. Pero deja de serlo cuando lo que se debate es el respeto a las instituciones democráticas, la separación de poderes, la libertad de prensa, la independencia judicial o el Estado de derecho. En esos momentos, el silencio deja de ser prudencia y empieza a parecer evasión.

Ni los políticos que pretenden arrastrar electores como si fueran propietarios de un capital político personal, ni los dirigentes que esconden sus convicciones detrás de una calculada indefinición parecen comprender una verdad elemental: el protagonista de la democracia no es el candidato ni el partido. Es el ciudadano.

Al final, serán los votantes quienes decidirán el rumbo de sus países. No los acuerdos entre dirigentes. No los comunicados de respaldo. No las fotografías de campaña. La decisión recaerá en millones de personas que acudirán a las urnas con criterios propios, preocupaciones reales y aspiraciones legítimas.

Por eso, el voto de opinión será probablemente el factor decisivo tanto en Colombia como en Perú. Un voto que no se compra, no se hereda y no se endosa. Un voto que reflexiona y compara.

Y si ese voto habrá de inclinar la balanza, conviene recordar cuál debería ser el criterio fundamental. Las democracias pueden sobrevivir a malos gobiernos, a errores económicos e incluso a profundas divisiones políticas. Lo que difícilmente sobreviven es a quienes desconocen las reglas del juego democrático.

Por el bienestar de Colombia y Perú, los ciudadanos deberían examinar cada propuesta, cada candidato y cada discurso a la luz de una pregunta sencilla pero trascendental: ¿quién ofrece mayores garantías de respeto al Estado de derecho, a las libertades individuales y a la democracia misma?

Porque las elecciones terminan. Los gobiernos pasan. Pero las instituciones que protegen la libertad de los ciudadanos deben permanecer. 
Excelsio Media

Share:

Comentarios

Comentarios de Facebook