Cuando hablamos de personalidad no nos referimos a un concepto estático e inamovible en el individuo, ya que es la personalidad la que permite a la persona adaptarse día a día a las demandas que su vida le reclama. Es por ello por lo que podemos decir que el ser humano posee diferentes capas en su estructura personal. Cualquier persona posee un entorno más o menos amplio de familiares, amigos y conocidos. Y esa persona tiene un repertorio de conductas por las cuales es conocida por dicho entorno.
El rango es muy amplio, y a fuerza de repetir una conducta concreta y ser reforzado de manera positiva por ello, esta conducta pasará a ser considerada por la persona como por su entorno como parte de su personalidad. Esta parte de la estructura cumple una función social muy importante, ya que se convierte en un regulador de la conducta, es decir, que tanto los que rodean a la persona como la persona misma no esperan grandes sorpresas en el comportamiento, por lo que se favorece la cohesión entre el grupo.
Sin embargo, el ser humano a veces se sale del guión previsto y se conduce de modo independiente a los refuerzos que pudiera obtener. Aparece entonces esa parte de la personalidad conocida como la parte más real del yo. Autores como Horney identifican a ese yo real con lo que la persona siente, cree y desea de forma más genuina y que pasa a convertirse en verdadera fuerza psíquica. Es esta parte de la personalidad la que impulsa a tomar decisiones y a asumir responsabilidades sobre las mismas. Así como en la parte social del yo la persona se ve capacitada para la adaptación al entorno, en el yo real el ser humano encuentra las fuentes del auténtico conocimiento y el desarrollo individual.
El yo real no recibe esta recompensa externa que lo refuerza, pero sin embargo es capaz de impulsar el crecimiento de la persona. Esto es así porque es dirigido por la voluntad. Así, es del todo posible que una persona decida ir a contracorriente de algunos modelos establecidos y “bien vistos” por la sociedad. Es el yo real el que impulsa a algunas personas a permanecer de forma incondicional al lado de infectados por el virus del Ébola, a pesar de arriesgar en alto grado su propia vida. Y es el yo real del ser humano quien decide cuidar de un padre enfermo de Alzheimer o quien renuncia a renovar su abrigo un invierno más a favor de los estudios de sus hijos.
El yo social cumple una función adaptativa y el yo real impulsa el conocimiento y el crecimiento personal. Dentro de este planteamiento cercano a la psicología analítica de Carl Jung, cabe un tercer componente, un tercer arquetipo que se corresponde con los componentes negados o reprimidos en la persona. Componentes que por no “casar” ni con lo que se espera de la persona desde el exterior, ni con la parte más real de la misma, se envían a una parte sombría de la consciencia. Solo en determinadas condiciones, algunos elementos de este reservorio de sombra se manifestarán de manera explícita y aportarán información adicional de la estructura personal.
Cualquiera de nosotros ha podido sorprenderse consigo mismo por su forma de pensar, de sentir o de actuar ante una situación determinada. El ser humano es mucho más que lo que cualquier teoría de la personalidad, por muy reconocida y estudiada que sea, pueda poner sobre el papel. Las teorías y los enfoques nos aportan vías de conocimiento y de reflexión, pero la ingeniería de un pantano no puede compararse con la inmensidad de cualquier mar.
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*Psicólogo y coordinador de Programas en el Teléfono de la Esperanza
+EXCELSIO

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