Imagínate un grupo de países que, sin firmar un tratado grandioso ni posar juntos en una foto oficial, han empezado a moverse como si fueran un solo equipo. Eso es el CRINK: China, Rusia, Irán y Corea del Norte.
Una alianza informal, nacida más de la necesidad y el rencor compartido que de una gran visión común. Desde hace un par de años, este cuarteto se ha convertido en uno de los temas que más inquietan en los despachos de Washington, Bruselas y otras capitales occidentales.
Todo se aceleró con la guerra de Ucrania. Rusia, de pronto aislada por sanciones, necesitaba balas, drones, petróleo barato que comprar y mercados donde vender su crudo.
Y encontró respuestas rápidas. Irán le mandó enjambres de drones baratos. Corea del Norte, artillería y hasta soldados. China, mientras tanto, se convirtió en el gran salvavidas: comprando petróleo ruso a precio de ganga, enviando componentes tecnológicos y manteniendo viva la economía rusa.
Nada de esto se grita a los cuatro vientos, pero ocurre día tras día. No es una OTAN al revés. No hay un artículo 5 que obligue a defenderse mutuamente. Es algo más suelto, más pragmático. Un “eje de la convulsión”, como lo llaman algunos analistas.
Cada uno juega su partido: China busca ser la potencia dominante del siglo sin guerras innecesarias; Rusia quiere recuperar su zona de influencia; Irán sueña con ser el amo de su barrio en Oriente Medio; y Corea del Norte, simplemente, quiere sobrevivir y presumir músculo nuclear.
Lo que los une es el rechazo visceral a lo que llaman “hegemonía estadounidense” y a un orden internacional que los sanciona, los critica y los quiere contener. Esta coordinación ya tiene efectos concretos. Las sanciones occidentales duelen menos cuando hay un club que te ayuda a esquivarlas: vendes petróleo a China, compras tecnología a través de terceros, intercambias armas por comida.
Juntos representan una porción enorme de la población mundial, recursos naturales y capacidad militar. No dominan el planeta, pero sí pueden complicar mucho la vida a quien intente aislarlos.
En los últimos meses se han visto más ejercicios militares conjuntos, reuniones de alto nivel y una narrativa repetida en todas las cumbres: el mundo ya no puede ser gobernado solo desde Occidente.
Para muchos países del Sur Global, este mensaje suena atractivo. No necesariamente porque admiren a estos regímenes, sino porque ofrecen una alternativa al sermón occidental.
¿Es esto el comienzo de un nuevo bloque sólido? No exactamente. Hay celos, desconfianzas históricas y objetivos que chocan. China, por ejemplo, no quiere que la locura de Putin le destroce sus planes económicos globales.
Pero mientras Estados Unidos y Europa sigan presionando, estos cuatro seguirán encontrando razones para seguir juntos.
Al final, el CRINK no es solo un acrónimo de think tank. Es la señal de que el mundo se está fragmentando en bloques más flexibles, donde las lealtades se construyen por conveniencia y no por ideología.
Y en ese nuevo tablero, las reglas antiguas ya no valen igual. Occidente tendrá que aprender a jugar este partido más desordenado, porque estos cuatro, por ahora, no parecen dispuestos a volver a la esquina.
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