Por: Carlos Carreño. La producción artística ha sido observada a lo largo de la historia occidental de la era cristiana desde diversos enfoques, siguiendo gran variedad de intereses que van desde el simple consumo masivo, pasando por el deleite estético e interés político, lo interesante, es que sin importar el contexto sociocultural, las obras de arte siempre han estado presentes, como parte activa dentro de la construcción de comunidad, como elemento cohesionador y sinónimo de significantes y significados de profunda raigambre cultural.
Es aquí donde se hace interesante el sentido público del arte, entendido este como la proyección social del trabajo creativo, dentro de los cuales se encuentran incluidas las denominadas obras de espacio público, que tanta falta hacen a nuestras desmemoriadas y desmembradas ciudades boyacenses, para las cuales el espacio público es sinónimo de abandono y vacio, sin llegar a vislumbrar la importancia que éste tiene en términos urbanísticos y de diseño de espacio, ya que una ciudad requiere, a parte de movilidad, comunicaciones y referentes de manejo administrativo, espacios para la contemplación, espacios para referenciar estéticamente recorridos, espacios simbólicos que convierten a la urbe en un ente activo, cambiante y poéticamente orgánico.
Es por esto que la adquisición de obras de arte por parte de las administraciones municipales y demás instancias públicas debe ser visto como inversión cultural, entendida esta en su dimensión tanto técnica, como estética y de “rentabilidad” en términos de identidad y referentes patrimoniales, es aquí donde se hace necesario romper la tara tecnócrata que en ocasiones obstruye la inclusión del arte dentro del gasto público, y que de manera ignorante e irresponsable ve dicha inversión como gasto suntuario.
Señores, al comprar un cuadro, una escultura, una composición literaria, una presentación teatral, no están haciendo mercado, están brindando a la población la posibilidad de acceder a un documento sensible, de gran peso emotivo, que permite otras miradas entorno a la construcción de conocimiento desde el reconocimiento. Es una inversión en términos de educación, que además incentiva la producción de nuestros artistas, que necesitan de espacios comerciales dignos, pues sus resultados guardan la posibilidad de descubrir, de indagar, de reflexionar…entre otras cosas que tanta falta hacen a esta sociedad de consumo mecanicista.
Pero como todo en nuestra “democracia” necesita ser reglamentado por parámetros, reglas, normas y demás vericuetos laberínticos del denominado sistema, se hace necesario que dichas instancias públicas establezcan políticas de adquisición, y estructuración de colecciones, para que el producto de nuestros pintores, escultores, dibujantes y demás, no queden relegados a paredes inhóspitas y solitarias en medio de espacios sombríos repletos de corruptela, engaños y mentiras, garantizándoles su proyección hacia el público en general como prioridad.
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