Los colombianos tan dados a rezar novenas en navidad, a demostrar “tanta devoción” dizque por el “nacimiento de Cristo”, pregonan a voz en pecho el “ven a nuestras almas, no tardes tanto”.
Pero tan pronto termina el repetitivo e insulso ritual familiar, aparecen las botellas, el licor y la imprudencia.
En efecto, son miles los que tras pedir la “prudencia que hace verdaderos sabios”, se lanzan sobre la botella, el exceso y sus vicios, para después salir a las calles con autos que en sus manos son armas asesinas.
No vamos a referir casos específicos, sólo hay que ver los noticieros de televisión para ver los efectos de esta temporada de alcohol y jolgorio.
El luto se apodera de cientos de familias por culpa de imprudentes que no son capaces de medir el daño que pueden causar, incluso a sus propias esposas, hijos y padres.
No han servido de mucho las campañas que buscan que quien maneja no tome. Los controles policiales no pueden estar en cada calle y en cada rincón del país.
Es un tema cultural, parece que el colombiano necesitara del alcohol para sentirse capaz de disfrutar y celebrar.
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