Por: Joaquín Viloria De la Hoz * | Mi hijo es un cartagenero orgulloso de sus raíces caribeñas, hincha del Real Cartagena, del Junior de Barranquilla y del Unión Magdalena.
Pero en este fin de año quise regalarle un viaje a la tierra de sus raíces muiscas, su otra mitad. Él no lo pidió pero intuí que podía ser de su interés. En Bogotá salimos por carretera hacia el noroccidente y recorrimos la Sabana y todo el Altiplano Cundiboyacense: Siberia, Cota, Chía, Ubaté, Zipaquirá.
En Ubaté se encuentran varias haciendas especializadas en ganadería lechera y en Chiquinquirá una inmensa catedral, tan grande como la de Cartagena. Allí los indígenas-campesinos que están pagando una promesa a la Virgen de Chiquinquirá recorren de rodillas la nave central de la iglesia, desde la entrada hasta el altar, para luego comulgar.
También se observan largas filas de campesinos, pero no para reclamar sus dineros perdidos en DMG, sino frente a la Casa Cural para pagar su “promesa” o “manda” a la Virgen.
Es que el fervor religioso del pueblo boyacense es muy fuerte, como lo atestigua la tradición de las romerías o peregrinaciones que hacen a diferentes santuarios religiosos en Chiquinquirá, Güicán, Chinavita y Tunja, para sólo citar algunos casos.
Otra de las poblaciones boyacenses es Ráquira, famosa por sus artesanías y casas coloridas, como si Obregón con su paleta se hubiera encargado de pintar sus fachadas multicolores. Sutamarchan siempre está lleno de viajeros bogotanos, quienes llegan a este pueblo para comer longaniza, popularmente conocida como “la-angosta boyacense”.
Seguimos el camino por ese paisaje boyacense de verdes colinas y minifundios, canchas de tejo y tímidos campesinos con ruana. Después de pasar por Villa de Leyva y Tunja se llega a Motavita, a 8 kilómetros de la capital departamental, pueblo donde nació mi suegro, hijo de un religioso y una joven campesina de rasgos indígenas.
Esta costumbre de los sacerdotes de tener mujeres e hijos se dio a lo largo y ancho de Colombia desde la época colonial hasta bien entrado el siglo XX, aunque siempre lo intentaron ocultar poniéndole a los niños el apellido materno.
En la plaza central de Motavita está la casa colonial donde nació mi suegro, la misma que había ocupado en 1819 el general español José María Barreiro y su tropa luego de la Batalla del Pantano de Vargas y de la que salieron el 7 de agosto en la mañana, día de la decisiva Batalla de Boyacá. En la plaza y al lado de esta casa se levanta la iglesia, “La Casa de Dios y del Abuelo” como se dice jocosamente en la familia.
El recorrido continuó hacia Moniquirá, municipio boyacense limítrofe con Santander, de clima templado, cultivos de guayaba y caña, así como múltiples fábricas de dulces. Tanto en este municipio como en Barbosa (Santander), los rasgos de las personas se tornan más mezclados, entre el indígena boyacense y el blanco santandereano.
De Barbosa se llega a Puente Nacional, municipio ubicado a 1.400 metros de altitud, de clima templado y carácter santandereano, enclavado en la provincia de Vélez.
Allí nació mi suegra, quien para referirse a las personas problemáticas siempre utiliza el refrán “más atravesado que la iglesia de Vélez”, catedral famosa porque su entrada es por un costado.
En Puente Nacional, conocido en el período colonial como Puente Real de Vélez, se dio un enfrentamiento entre los Comuneros y las fuerzas realistas el 7 de mayo de 1781, de la que salieron victoriosos los primeros.
Los Comuneros siguieron camino a Santa Fe, pero después de un acuerdo con las autoridades coloniales fueron traicionados por el Virrey y condenados a muerte sus principales líderes.
Luego de recorrer gran parte del Altiplano Cundiboyacense y la provincia de Vélez, de conocer muchas de sus poblaciones, costumbres culinarias y aspectos históricos, emprendimos el retorno.
Cansados pero con un mayor conocimiento de nuestra historia patria y familiar, regresamos a Bogotá el 24 de diciembre en horas de la noche. Ese fue el regalo de navidad, el “aguinaldo boyacense” para un niño costeño de 10 años: ahora no lo entiende mucho, pero en pocos años estará agradecido de esta travesía por tierras de sus antepasados muiscas, con abundantes fotos de sus familiares bogotanos, boyacenses y santandereanos.
Este viaje fue el complemento de lo que hemos hecho los años anteriores con mis familiares costeños en Santa Marta, Barranquilla y Cartagena. También le permitirá entender su “carácter pluriétnico y multicultural”, producto de las abuelas blancas de la tierra, una costeña y otra santandereana, así como de un abuelo cobrizo oriundo de Boyacá y de otro moreno nacido en Gaira, muy cerca de Santa Marta. Feliz año nuevo.
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* Economista e historiador samario radicado en Cartagena de Indias. joaquinviloria@yahoo.com
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