La caída de las pirámides o captadoras ilegales de dinero ha demostrado el deseo irremediable que sienten los colombianos de hacer dinero fácil.
Esta terrible situación es la herencia de El Dorado, del narcotráfico y de ambición sin límite que lleva a las personas a querer enriquecerse sin tener que trabajar.
Ese Dorado, que llevó a los europeos del siglo XVI a cruzar selvas inexpugnables y a descubrir y colonizar territorios, fue su perdición. Cientos murieron buscando la ciudad dorada, fueron víctimas de su deseo de hacerse ricos.
Mucho más tarde fue el narcotráfico el que llevó a los colombianos a ver nuevos “Dorados”. Los narcos acostumbrados a gastar millones a manos llenas, a regalar dinero a los “menesterosos” a ocultar millones de dólares en caletas. Son de recordar las filas de gente que buscaban a Gustavo Rodríguez Gacha para recibir de él una “limosnita”. O las cientos de familias que recibieron viviendas pagadas por Pablo Escobar en Envigado.
Esa es la herencia que lleva al colombiano a ambicionar lo fácil. A querer encontrar una mina de oro debajo de su asiento, a enriquecerse sin necesidad de esforzarse.
De esto se aprovechan los avivatos, que crean las llamadas pirámides y ofrecen una rentabilidad fantástica, de hasta el 300% en seis meses. Con esta ilusión han sido miles, incluso millones los que han ido a entregar sus ahorros, sus casas y hasta sus vidas para después ver cómo se esfuman sus planes de enriquecimiento fácil.
Finalmente el gobierno tomó medidas, se ha empezado a perseguir a los timadores. Pero el daño ya está hecho los que han perdido todo deberán empezar a trabajar durante el resto de sus vidas para poder recuperar lo que una falsa ilusión se llevó.
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