EDITORIAL | Inquisidor del siglo XXI

La propuesta presentada por el Senador y ex alcalde de Sogamoso Edgar Espíndola de castigar a quienes sean infieles en sus relaciones matrimoniales, dejó muy mal parado al político boyacense.

Si bien la iniciativa tiene una finalidad cristiana y busca reforzar la fidelidad conyugal, su practicidad es nula. En una sociedad invadida por los estímulos sexuales y el poco compromiso de las parejas que prefieren el divorcio antes que afrontar un crisis.

El castigo por la infidelidad se debe aplicar al interior del hogar, y no se trata de violencia doméstica, sino del difícil proceso de sanar las heridas y de tratar de revivir la confianza, esto es lo que resulta verdaderamente difícil de lograr al conyugue infiel y ya de por si resulta en un castigo suficiente.

Espíndola propone pago de multas y trabajo comunitario. ¿Será que el senador piensa que los infieles sólo están en los estratos altos? ¿Cómo podrá un empleado que gana el mínimo pagar por las felonías cometidas contra su pareja?

El castigo público por un "delito" que es privado y que se comete contra la pareja, no contra la sociedad, no tiene por qué ser tema de jueces. Sólo se debe tener como causal de divorcio.

La inquisición fue uno de los muchos delitos cometidos por la iglesia católica en contra de la humanidad, pero que ahora un evangélico quiera reinventarla y modernizarla no es más que un despropósito.

Para eso tenemos libre albedrío y la dedición de ser fiel o no, recae en cada individuo y su conciencia.

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