Daniel Quintero Trujillo* | En cierta ocasión existió en la población de la iglesia mas grande del país del sagrado corazón un niño de nombre Juan de la Cruz,que quizo hacerse sacristán para servir a Dios.
En la escuela sobresalía por ser buen estudiante,líder de su curso y un buen cristiano con excelente comportamiento y una férrea ética cristiana.
Este niño cada vez que llegaba el domingo, se alistaba para salir corriendo a la iglesia y vestirse con los ornamentos de monaguillo, practicar las enseñanzas de ayudar a los oficios del sacerdote ,tareas que había aprendido muy bien el el curso de catequesis.
No le gustan salir de la iglesia,era una especie de topo parroquial. De cuando en cuando se aventuraba a salir en el atrio, para ver la hora en el reloj de la torre. Miraba a la calle, como quien mira al mar; miraba al reloj, como quien consulta los astros. El mirar tan alto le mareaba y nublaba sus sus ojos,ya en el altar colocaba el mantel y prendía las velas de esperma para adorar el crucifijo que colgaba del techo.
En la iglesia donde colaboraba,siempre observaba a los oficiantes de la eucaristía ,que por su edad avanzada ,los problemas de visión los obligaba a usar espejuelos de grandes optarías para leer las oraciones y el Santo evangelio,aditamento que El Niño deseaba tenerlos para identificarse con los ancianos sacerdotes.
Un día cualquiera del año escolar, en las horas de la noche mientras cenaba en la mesa con sus padres,y se seguía la rutina de dialogar en familia ,comentó que no podía realizar sus tareas ya que sus ojitos veían las letras borrosas y al hacer el esfuerzo de leer sentía dolor de cabeza.Sus padres preocupados por la salud del infante ,resolvieron llevarlo al día siguiente a consulta oftalmológica ; el galeno después de las pruebas de optometría y de una entrevista con El Niño Juan de la Cruz ,encontró que el sacristán no padecía de ningún problema de visión,solo existía un una conducta de identificación con los comportamientos de los vicarios de los santos oficios,y para no contrariarlo ,le recetó unas gafas con cristales neutros ,con marcos de colores que al usarlos se pareciera a un búho doctoral.
Cuando llego la Semana Santa, El Niño, apareció en la misa Mayor del Domingo de Ramos luciendo sus espejuelos combinados con dos agarraderas de colores diferentes,vestido de pequeño sacerdote, acompañado de la alcancía para pedir la limosna y en cada pasada por las bancas donde los fieles escuchaban la Misa , posaba de misionero repartiendo bendiciones cada vez que el cristianó se metía la mano al dril para depositar las ofrendas.
Era un espectáculo extraordinario que llamó la atención de los asistentes del rito dominical,que con la curiosidad que despertaba los lentes de colores ,observaban que la luz del día traspasaba los cristales de sus espejuelos ,como si la fuerza del Espíritu Santo iluminara el camino de un Futuro sacerdote, con nombre de evangelista y del madero donde Murió Jesucristo, para que con el tiempo el sueño de convirtiera en Realidad, de seguir el camino del Divino Maestro sirviendo al prójimo predicando la palabra de Dios.
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*Escritor de Cuentos Cortos
Danielquintero47@gmail.com
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