Por un instante pensó, que la rapidez que ahora se tenía, en las comunicaciones tecnológicas, era igual para el tránsito de la ciudad; pero todo ocurría diferente. El tiempo para llegar a su destino superaba la distancia que existía entre el pueblo y la capital, situación que se repetía en todas las calles ruidosas de la ciudad, atiborradas de coches y de personas empleadas en el rebusque como drama de la pobreza y el desempleo.
Caminaba con intranquilidad, porque había escuchado a cerca de la inseguridad en los puentes peatones, donde a diario son atracados y en las vías son arrollados por los carros, sin que autoridad alguna solucione los problemas; mientras que los altos funcionarios del gobierno se desplazan plácidos acompañados por motoristas que van abriendo paso por la vía.
Observaba también, como cada día, la gente caminaba a sus lugares de trabajo como muñecos automatizados, sin que exista un dialogo social, encontró pordioseros pidiendo la limosna y en los semáforos hay muchos artistas callejeros, divirtiendo con sus piruetas a los pasajeros de los carros detenidos, para ganarse el pan de cada día, mientras detrás de las ventanas, están los ancianos observando los huecos de las calles y esperando el avance de las horas para poder escuchar en la noche una voz de compañía.
Con su mirada estática contempló la altura de los edificios como suspendidos en el aire; los centros comerciales, donde el citadino entra en el juego compulsivo de comprar (oniomania), como escape al aburrimiento y soledad; sin embargo dedujo que las múltiples posibilidades de desarrollo y una medicina de alta calidad eran suficiente motivo, para todos los que quieren vivir en la ciudad.
Fatigado del ambiente estresante de la ciudad, con sus ojos irritados, se abre paso por las calles saturadas de ventas ambulantes, por medio de los carros detenidos, sin infringir las normas de tránsito, recordando los accidentes en las vías, llega finalmente al terminal de transporte, se ubica en un bus que lo regresará a su pueblo para seguir viviendo con otras necesidades de familia, pero disfrutando de su ambiente en paz y tranquilidad.
Al descender del autobús Doroteo exclamo: ¡Por fin puedo respirar aire puro! Y como dice el adagio:
“No hay como Dios y la casa o de uno”.
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*Escritor de Cuentos Cortos.
Danielquintero47@gmail.com
+EXCELSIO

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