Los hechos oscuros que rodean la actuación de las iglesias, hace pensar que viene siendo hora de que se tomen medidas serias para su cierre.
En Colombia asistimos al destape de los beneficios que recibe la familia Piraquive con su iglesia de “Jesucristo Internacional” y su asocio con un movimiento político.
Por otra parte la situación de la iglesia Católica y su silencio ante la violación permanente de niños, por parte de curas pederastas.
Ambos casos son solo ejemplos de la corrupción al interior de las iglesias y de que ha llegado la hora de que los gobiernos, guiados por la ONU, pongan fin a estos nefastos círculos de utilización y comercialización de la fe.
Los primeros pasos se han dado. En nuestro país se han abierto investigaciones para desmantelar la infraestructura de lavado activos y evasión de impuestos que se ocultaría tras la iglesia de los Piraquive.
Por otra parte, la ONU ha puesto en cabeza del Comité sobre el derecho de los niños, la estrategia para exigir al Vaticano que entregue a los violadores pederastas, en lugar de moverlos y ocultarlos como ha hecho por décadas.
Prohibir la existencia de las iglesias debe ser un paso natural hacia el progreso de la especie humana y ello no implica perder o prohibir la fe. Que cada quien crea lo que quiera, pero que su fe no sea usada por corruptos sin escrúpulos.
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