Huele muy mal el nuevo escándalo sobre las ‘chuzadas’ del Ejército a los negociadores del Gobierno con el grupo narcoterrorista de las Farc.
El episodio que le costó el relevo del cargo a dos generales de inteligencia, solo deja dudas sobre los intereses y los orígenes de este nuevo y oscuro ‘espectáculo’.
Justo cuando el comandante del ejército asegura que las fuerzas armadas no son materia de negociación en la mesa de La Habana, le explota casi simultáneamente el escándalo.
El hecho de que la revista Semana, dirigida por un familiar del Presidente, revele las chuzadas justo después de esa afirmación del general Leonardo Barrero Gordillo parece ser el contragolpe del ejecutivo contra sus propias fuerzas.
La revista reveló el escándalo, pero se abstuvo de divulgar nombres o participantes de las ‘chuzadas’. Entonces queda en el aire la duda de quién y por qué hacía dichas interceptaciones ilegales.
El Presidente Santos acusa a “fuerzas oscuras” del nuevo caso de espionaje. Pero vale la pena preguntar si acaso no son sus subalternos quienes estuvieron a cargo del penoso episodio que ensucia el buen nombre de nuestro Ejército Nacional.
Es claro que Santos no tiene poder real sobre la totalidad de la Fuerza o al menos eso se entiende de sus propias declaraciones, llenas de ambigüedad. En una organización tan jerarquizada es poco probable que haya ‘ruedas sueltas’.
El tal “sabotaje al proceso de paz” del que hablan los voceros del partido político del Presidente, parecen no ser más que una cortina de humo para distraer la atención del país.
En pleno proceso electoral es evidente que se busca hacer daño a la campaña de Álvaro Uribe Vélez, a quien es fácil culpar por los episodios de su propio gobierno.
Pero quienes hacen tales acusaciones se olvidan que el comandante en jefe no es el ex mandatario, sino el actual huésped de la Casa de Nariño.
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