EDITORIAL | Navidad: la gran farsa

Resulta paradójico que la época en que más se pide paz y los hombres se ufanan de su bondad, sea la misma en que mayor número de riñas y muertes se registra.

La navidad, el invento religioso, es excusa para dar rienda suelta al consumo de alcohol, a la exageración en la alimentación y por supuesto sirve para dar migajas a los necesitados, como un intento anual de acallar la conciencia de quienes los ignoran el resto del año.

Quienes la celebran hablan de una tradición sin la que no se entiende la vida. Pero ¿qué es lo que celebran? Cristo Jesús no nació el 25 de diciembre.

Es bien sabido que la Biblia no menciona la fecha del nacimiento y los estudiosos del texto sagrado datan el parto en el establo durante el mes judío de etanim (sep-oct), que lejos está de diciembre.

¿Entonces? Se celebra un invento de la iglesia, una adaptación de la adoración a dioses paganos.

Para encontrar los orígenes de navidad sólo hay que estudiar las fiestas de culto al sol. En la antigüedad el 25 de diciembre se celebraban, durante el solsticio de invierno, fiestas en honor de Saturno y Mitra. Celebraciones que 300 años después de la muerte de Cristo fueron incorporadas a los ritos católicos.

La navidad se asemeja más a la adoración al dios Baco que una conmemoración al nacimiento de Cristo.

La irreflexiva sociedad de consumo de nuestros tiempos nos ha llevado a celebrar estas fiestas con gran derroche, pero pocos son los que se atreven a cuestionar si vale o no la pena hacer parte de esta farsa.

Acceder a celebrar una tradición equívoca es ir en contra de las enseñanzas de Cristo y adorarle como a un objeto expresa una absoluta falta al primero de los mandamientos que fueron impuestos al pueblo de Dios.

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