Del Lector | Don Eduardo Caballero Calderon y su mejor obra: Tipacoque

Breve retazo de historia e imaginación
Tipacoque germinó  como entidad municipal el año de 1968, siendo su primer alcalde, el insigne escritor, periodista, político y diplomático, EDUARDO CABALLERO CALDERÓN, quien fue, sin lugar a duda, junto con la siempre querida y recordada Elvia Sandoval de Rojas sus inventores. 

Soñó con esta utopía y la llevo al lienzo de la vida, de la realidad tangible, a la ensoñación realizable. Así lo reconocería cuando en su libro “Yo el alcalde” expreso: “Crear un pueblo para después gobernarlo”.

Sin mayor prorroga,  se dio inmediatamente a la tarea de buscarse oficina para concebir oficialmente dicho empleo, el más preciado de su carrera, así como  designar los demás funcionarios municipales, escogidos entre los hombres más  prestantes  de la pequeña villa, que habrían de acompañarlo en tan importante misión.

Y no fue fácil, ni lo uno ni lo otro se daban como en botica por estos solares ya que  para lo primero tuvo que recurrir a su propia herencia, unas habitaciones que quedaban sobre un corredor en la parte occidental de la casona,  para despachar desde allí,  pues por ningún otro lado existían remedos de oficinas. Para lo segundo eligió lo más granado de la aristocracia criolla, ya que puesto el Rey, designó los príncipes, condes y marqueses, como sus segundos de abordo. Así administrativamente,  se parió a Tipacoque.

Inexplicable si resulta, por cierto, que no haya investido como burócratas públicas municipales a Mamá Toya y a la comadre Santos, dos de su más profundas querencias. Siervo Joya por aquella calenda ya era propietario de su pedazo de tierra, por lo que ya no necesitaba puesto y además seguía sin saber leer ni escribir, aun cuando ello francamente no era impedimento.  A “Mano Berna” si le toco en suerte la dicha, así  le tocara el último peldaño de la escala de poder: Barrendero.

¡Y, ahora qué hacer!.  Luego del penoso trámite burocrático para conseguir una máquina de escribir con su correspondiente escritorio, sillas y demás juguetes  necesarios para un “buen funcionamiento”, se dio a la tarea de organizar formalmente el municipio, porque en su cuna no existía sino la cepa, esto es en carta blanca, que lo único que existía era el Decreto de la Asamblea Departamental en la que erigía a Tipacoque como municipio, faltaba absolutamente  todo lo demás,  calles,  parques, iglesia, plaza de mercado, colegio, etc., etc., etc. Ardua labor les esperaba….

Luego de dos años de ensimismamiento en su obra faraónica, se dio por satisfecho, considero que hasta allí llegaban sus esfuerzos, ya el polluelo salía del cascaron, se requería solamente  que emplumará, y a fe que lo logro. Dejó la rienda suelta para que los tipacoques nativos la cogieran y asumieran el blasón, habiéndole tocado en suerte,  por decisión directa de don Eduardo,  tan honrosa  heredad a   don José Santos Pérez Parra, hombre raizal como el que más y quien siguió lógicamente  sus directrices..  

Dentro de su administración son  gratos  los recuerdos, cuando llegaban las épocas decembrinas y a los niños de la comunidad nos reunían en los jardines de la hacienda para recibir de sus manos los regalos navideños. Era para todos los chiquillos la dicha verdadera, poder tener  el primer regalo que en nuestra vida habíamos recibido en nochebuena, por ende,  él era nuestro verdadero Papá Noel, dada la bondad y despego que por los bienes materiales tenía; es anecdótico, pero en el aspecto corporal don Eduardo  en mucho se asemejaba con el mítico personaje de vestido rojo procedente del polo norte, pon sus largas y enrevesadas  barbas.

De igual manera nos era placentero verlo recorrer sus  polvorientas calles,  cuando transitaba por la  denominada “camino viejo”, que era su sendero favorito,  en la parte occidental de la casona, camino hacía el parque principal, perpetuamente acompañado  de su inseparable bordoncillo, dada la cojera que padecía, ganancia de una otrora mala tarde;  con su hidalguía y caballerosidad de siempre. Generoso y amable con el transeúnte campesino  que encontrara, presto a entablarle  dialogo, sobre el eterno tema de nuestro invariable clima y sus cosechas.

Si por él fuera, nunca hubiera querido salir de esta tierra, de su mundo,  su creación, su heredad;  pidió que quemaran sus huesos y trajeran sus cenizas para que aquí reposaran y abonaran su paraíso personal. Es que Tipacoque realmente  es una invención únicamente  suya, nadie en esta tierra  nos conocía y él nos dio vida, forma, color, identidad, y  nos puso a recorrer el universo, ya que hoy se encuentra el nombre de Tipacoque, nuestros  hombres, costumbres, paisajes y vivencias, traducido a todos los idiomas, al ruso, el francés, italiano,  portugués,  inglés  y hasta en chino. Porque  en literatura  hablar de Tipacoque es como hablar de Macondo, dos expresiones que dejan la marca imborrable de la colectividad humana alejada y abandonada, sin destino alguno, la esencia Latinoamericana.

Visitar la hacienda, donde reposan sus cenizas, es recorrer la historia de nuestra amada Patria, es viajar por la época de la conquista, la  colonia, la encomienda, del adoctrinamiento religioso,  de la esclavitud, de la República, para pasar luego a la época de los eternos conflictos, de las guerras fraticidas, que siempre  nos han acompañado. Fue el refugió para salvar la vida de los liberales de la comarca con ocasión de las confrontaciones partidistas y las persecuciones que de ellos hicieron las hegemonías conservadoras.

Don Eduardo amó a los tipacoques toda su vida, lo sedujo la franqueza de sus gentes,  su esencia transparente, la sencillez, su caballerosidad en el trato, el don de gentes, su bondad. . He ahí nuestra esencia: TIPACOQUE, TIERRA DE CABALLEROS.  

Helman Ricardo Pérez Gallo

Helmanricardo@gmail.com

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