EDITORIAL | Del poder y los pobres

Quien ejerce el poder aprende pronto que no se tiene amigos, sino aliados y súbditos. Gobernar debe ser una tarea terriblemente difícil, pero también lucrativa e ideal para espíritus narcisistas.

Lo que debe resultar absolutamente difícil debe ser acallar la conciencia, es decir, conocer los problemas y el dolor de los pobres, y no hacer nada.

Debe ser difícil, para un gobernante tener que "untarse de pueblo", escuchar sus súplicas, saber de sus necesidades y no hacer nada.

Mirar por la ventana de una camioneta blindada, e ignorar las humildes viviendas, la indigencia, los niños desnutridos y enfermos, ha de ser labor complicada, pero al final ignorar todo eso tiene su recompensa.

Tal vez por eso, y por que todo hombre tiene precio, los mandatarios venden sus conciencias, las acallan y con Scotch de 18 años celebran jugosos contratos. Para qué conciencia si existe el dinero, y los pobres, que sigan pobres.

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