¡Qué orgullo, qué orgullo y qué alegría estar en Boyacá, y saber que soy el primer Presidente de la República que viene como mandatario en ejercicio a esta tierra hermosa de Ramiriquí!
¡Qué felicidad – y lo digo de corazón– estar en esta tierra bendita de la libertad que aprendí a amar y a respetar a través de mi padre y de mi abuelo, nacidos ambos en este departamento de Boyacá!
Así que aquí vengo en esta doble condición –como Jefe de Estado y también como boyacense por sangre y afecto–, y vengo a rendir tributo a la civilidad y al imperio de la ley en el mejor municipio que podría hacerlo, que no es otro que Ramiriquí.
Por mucho tiempo Ramiriquí fue conocido como “la cuna de la cultura Muisca”, por ser sede principal de nuestros ancestros chibchas.
Pero hoy también –y eso es lo que nos reúne en esta ocasión– es reconocido como “la cuna de la civilidad en Colombia” por ser el lugar natal de un gran colombiano cuyo ejemplo ha superado la barrera de los tiempos y nos habla con voz renovada: José Ignacio de Márquez, el primer presidente civil de nuestro país, cuya efigie preside esta plaza principal.
En torno a la figura histórica de Márquez –y convocados por la exaltación de otro ramiriquense muy ilustre, muy querido, el doctor Alfonso Vargas, actual presidente del Consejo de Estado– hoy se congregan en esta plaza representantes de todos los poderes de nuestra nación: de las altas cortes de justicia, del Congreso de la República, de los órganos de control, y este servidor y varios de mis ministros, del Ejecutivo, además de las autoridades regionales.
Por eso este encuentro se ha llamado, con acertada definición, el “Encuentro de la Civilidad”, un encuentro cuyo simbolismo tiene mucho que ver con la vida y obra de José Ignacio de Márquez.
¡Qué vida tan ejemplar la de este ramiriquense que participó en los momentos culminantes de la creación de nuestra república!
Con apenas 28 años presidió el Congreso de Cúcuta, que dio origen a la Gran Colombia, y tomó juramento al libertador Bolívar y al general Santander como presidente y vicepresidente de la nueva nación.
Luego presidió también la Convención de Ocaña de 1828, y la Convención Granadina que culminó con la expedición de la Constitución de 1832, con la que inició una nueva etapa de nuestra historia: la de la República de la Nueva Granada.
Márquez –un liberal moderado y de muy buen juicio– se opuso en su momento a la llamada Constitución Boliviana, que proclamaba la presidencia vitalicia de Bolívar con poderes excepcionales, lo que en la práctica configuraba una dictadura.
Con valor democrático, le expuso en Tunja sus reparos al mismo Libertador, quien los recibió con respeto y admiración.
Finalmente, Márquez, un jurista que nunca había vestido uniforme militar, fue elegido presidente de la Nueva Granada en 1837, constituyéndose en el primer mandatario civil de nuestra nación.
Pero su mérito no radica en eso. Su mérito está en la prudencia, la moderación, la inteligencia y el talante democrático con que rigió los destinos de nuestro país durante su periodo, inspirado por un espíritu civilista y legalista.
Márquez promovió la conciliación en un país dominado por las disputas internas, y, con mucha visión, le concedió una importancia fundamental a la educación, creando numerosas escuelas y colegios.
Sus palabras, pronunciadas en 1837, siguen teniendo tanta vigencia hoy como hace 176 años:
“Sin la educación de las masas no hay espíritu social, ni verdadero interés por las libertades públicas, ni puede afianzarse el sistema republicano sobre bases sólidas y estables. En una palabra: es de las luces comunes y de su difusión la prosperidad de los Estados”.
¡No podemos estar más de acuerdo!
La educación es la mayor herramienta de equidad y de progreso que puede tener cualquier nación.
¡Cómo estaría de contento José Ignacio de Márquez, promotor de la educación popular, al saber que hoy en Colombia la educación en los planteles oficiales es totalmente gratis para todos los niños y jóvenes desde el grado cero hasta el grado 11, es decir, hasta que salgan de bachilleres!
¡Cómo se asombraría este ilustre presidente boyacense al saber que los estudiantes de Colombia están accediendo a las más modernas tecnologías del siglo XXI, y que los niños de su pueblo –de Ramiriquí– recibirán este mes 411 tabletas digitales, además de 100 equipos de cómputo que llegarán antes de terminar el semestre y beneficiarán a más de 500 estudiantes!
¡Y cómo le gustaría saber que también este semestre su municipio va a quedar conectado a la fibra óptica –y por ella a las comunicaciones del mundo– y va a tener 3 kioscos de Vive Digital, con servicios de conectividad a internet y de telefonía!
Por supuesto, lo que Márquez no podía prever era que, en esa Colombia del futuro, el ministro de las TIC’s iba a ser Diego Molano, un paisano suyo, ¡el más entusiasta de los boyacenses!
Y si de algo estaría orgulloso José Ignacio de Márquez –como lo están todos los ramiriquenses, los boyacenses y los colombianos en general– sería de ver encumbrado a la presidencia del Consejo de Estado –que él ocupó alguna vez– a otro hijo de Ramiriquí: el doctor Alfonso Vargas Rincón.
Doctor Vargas: su historia personal y profesional, como aquí se ha dicho, es una lección para Colombia y una prueba de las ventajas de esa educación que tanto promovió Márquez y que hoy seguimos estimulando.
Usted, digno hijo de campesinos, experto jardinero, hombre sencillo y aplicado, estudió en una escuela pública, hizo su bachillerato y su carrera de Derecho en horarios nocturnos mientras trabajaba como notificador, como citador, incluso como portero, en el Consejo de Estado, y hoy –34 años después de haber llegado a esta entidad en el más humilde de los cargos– viene a su pueblo, rodeado por sus colegas, como Presidente del Consejo de Estado.
¡Qué ejemplo el que nos da a todos los colombianos de lo que puede hacer un hombre gracias al acceso a la educación, a su perseverancia, su disciplina y su talento!
Queridos niños y jóvenes estudiantes de Ramiriquí:
¡Cómo me emociona verlos aquí, en la plaza de su pueblo, ondeando banderas blancas que simbolizan la paz que tanto queremos para Colombia!
Ustedes, niños de Boyacá, miren al doctor Alfonso Vargas como un modelo a seguir.
Aprendan de su ejemplo, porque –si estudian y se preparan como él lo hizo– llegarán a altos destinos, y en sus mentes y en sus manos estará el futuro de Colombia.
¡Qué amor el que tiene usted por su tierra, apreciado doctor Vargas!
Cuando hablamos usted y yo en la Casa de Nariño, y le prometí venir a Ramiriquí, vi asomar lágrimas en sus ojos, lágrimas de emoción por haber logrado la primera visita de un presidente en ejercicio a su pueblo.
Sus padres, que bendijeron la tierra con su trabajo, como lo hacen todos los campesinos de Colombia, hoy desde el cielo deben estar acompañándonos, sonriendo al ver a su hijo seguir los pasos del gran José Ignacio de Márquez y convocar al Estado en torno de un mensaje de civilidad y convivencia.
Usted, doctor Vargas, es además un sobreviviente del holocausto del Palacio de Justicia y fue testigo del horror de las armas que se empuñan contra la legalidad.
¡Qué bueno saber que hoy se coloca la primera piedra de otro Palacio de Justicia, el de Ramiriquí, gracias al aporte del terreno por la alcaldía y al compromiso de recursos por parte de la administración de la rama!
Hay que construirlo rápido y bien, sin dilaciones, para que Ramiriquí –cuna de grandes juristas, como José Ignacio de Márquez y Alfonso Vargas–, cuente con instalaciones dignas para el trabajo judicial.
Hoy es un día, sin duda, histórico. No es una reunión cualquiera sino un evento cargado de simbolismo, más aún porque ocurre en torno a conceptos como la civilidad, la legalidad y la convivencia democrática.
El mensaje que hoy, desde Ramiriquí, entregamos a Colombia y al mundo, es un mensaje de UNIDAD como pocos países en el mundo pueden entregar.
Cuando asumí mi mandato como Presidente, el 7 de agosto de 2010, dije frente a la estatua vigilante de Bolívar, como lo reitero hoy ante la efigie de José Ignacio de Márquez, las siguientes palabras:
“El llamado que he hecho a la unidad nacional supone dejar atrás confrontaciones estériles, pendencias desprovistas de contenido, y superar los odios sin sentido entre ciudadanos de una misma nación. Implica convocar las mejores inteligencias y voluntades para construir entre todos un mejor país”.
¡Qué bueno poder repetir esto hoy en Ramiriquí, el municipio cuna de la civilidad, acompañado por los representantes del Estado en sus diferentes ramas, y de los partidos políticos!
Si hoy me preguntaran la obra de qué presidente quisiera emular, uno de mis elegidos sería, sin duda, José Ignacio de Márquez, por su trabajo siempre dentro de la juridicidad, por su énfasis en la educación, y por su invitación constante y permanente a la reconciliación y la concordia.
Cuando recibí el Gobierno encontré, con preocupación, un país polarizado y un Estado en pugna.
Había desconfianza y alejamiento entre el poder ejecutivo y las altas cortes del poder judicial, y había igualmente un ambiente de hostilidad entre las diversas fuerzas políticas representadas en el Congreso.
Uno de mis primeros actos de gobierno fue el de reunirme con los presidentes de las Altas Cortes y desde entonces comenzamos a construir una relación absolutamente armónica que, respetando su autonomía, garantice la debida colaboración entre las ramas del poder.
Porque trabajar en armonía, cooperar en armonía, no significa afectar la necesaria independencia y autonomía de que debe gozar cada poder del Estado.
En el Congreso de la República, donde están representadas las diversas fuerzas políticas, también encontré que las divisiones –muchas veces sobre aspectos coyunturales– no permitían avanzar en las grandes reformas que necesitaba el país.
Fue así como –a pesar de haber ganado las elecciones con la mayor votación de la historia de Colombia– propuse hacer un gobierno de Unidad Nacional, para gobernar no sólo con mi partido sino también con los demás partidos con los que pudiéramos encontrar coincidencias en los temas fundamentales.
Recordando lo que hizo el presidente Lincoln, tan de moda por estos días –con su famoso “equipo de rivales”–, convoqué a mi administración a los líderes de esos partidos que habían sido mis contradictores en la campaña, y me siento muy orgulloso al contar con ellos en mi gabinete.
Los resultados de la Unidad Nacional se ven, y se traducen en un concepto que, ciertamente, es hoy un bien escaso en el mundo: la GOBERNABILIDAD. La habilidad de gobernar, de poner en marcha las reformas, de aprobarlas en el Congreso, de ejecutarlas.
Con el trabajo conjunto de los partidos que forman la Unidad Nacional hemos logrado pasar en el Congreso reformas fundamentales que de otra forma hubiera sido imposible: reformas para generar empleo, como los más de 2 millones de empleos que hemos creado en estos más de dos años, para procurar equidad, para repartir la riqueza en los territorios, para sanar las heridas de las víctimas.
Lo mismo hicimos, en el frente internacional, con países vecinos con quienes podíamos tener diferencias ideológicas o de enfoque sobre los modelos políticos o de desarrollo, pero no teníamos por qué tener una confrontación que solo hacía daño a nuestros pueblos.
Ese mensaje –el de la convivencia, el de la civilidad, pero sobre todo el de la UNIDAD– es el legado de José Ignacio de Márquez que hoy quisiera exaltar y recordar en su tierra, en Ramiriquí.
Y que desde Ramiriquí nos escuchen en TODOS los rincones del país, que nos escuchen los que están aquí y también los que no están:
El Estado colombiano se reúne hoy en un signo de unidad, porque tenemos un mismo destino y un mismo derrotero: hacer de Colombia un país MÁS JUSTO, UN PAÍS MÁS MODERNO Y UN PAÍS MÁS SEGURO.
La división, los odios, la inquina, la cizaña, no llevan al progreso ni a la paz.
Sólo sobre la base de la convivencia podemos alcanzarlos.
José Ignacio de Márquez advirtió siempre que no podía florecer la economía en medio de los calores de la guerra y la agitación política.
Él nos enseñó que sólo la paz nos permite fomentar la riqueza y generar prosperidad.
Él nos inculcó: “el amor a la libertad, pero a la libertad moderada por el respeto a la ley y a la autoridad legítimamente constituida”.
¡Qué bueno, queridos ramiriquenses, venir a este pueblo histórico a proclamar, con las altas autoridades del país, la UNIDAD de nuestro Estado y la fortaleza de nuestras instituciones!
QUE NOS RECUERDEN COMO LÍDERES QUE UNIMOS Y NO COMO LÍDERES QUE DIVIDEN, tal como hoy recordamos, emocionados, la obra y las ideas de Márquez en este municipio, capital de la provincia que lleva su nombre.
Gracias, doctor Alfonso Vargas, por convocar con su ejemplo y su estatura moral y jurídica este encuentro de poderes en la cuna de la civilidad.
Quienes vean lo que pasa en esta plaza el día de hoy podrán contar a sus hijos:
¡Vimos representada la UNIDAD del Estado colombiano, y esa UNIDAD fue el inicio de una gran prosperidad! Esa prosperidad que todos queremos.
Muchas gracias.
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