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Director: Nelson Alarcón
Opinión
¿Eutanasia? 
Por
José Galat*
Tal como se puede constatar por
las distintas culturas de los pueblos a través de la historia, la llamada
moral natural, es decir, la no ligada a ésta o aquélla religión
y reconocida por la simple razón del hombre, muestra con mediana claridad
dos hechos:
1º. La civilización
es defensa de todas las vidas y de las vidas de todos, y
2º. Todas las vidas
individuales tienen una “función social”.
En cuanto al primer hecho
hay que admitir, de entrada, que la vida no se limita sólo a modalidades
físicas o biológicas, sino que también se expresa en
múltiples y variadas formas. De aquí que no sólo en sentido
metafórico, sino inclusive propio, se puede hablar, por ejemplo, de
vida matrimonial, vida familiar, vida económica, vida moral, espiritual,
etc.
La civilización verdadera
abarca todas las formas y expresiones de la vida y todas han de ser respetadas,
tuteladas y defendidas. Todas las formas de vida, sí, pero también
las vidas de todos, sin excepciones caprichosas o injustificadas. Por tanto,
las vidas tanto de ricos como de pobres, de poderosos como de débiles,
de partidarios como de opositores, de incrédulos como de creyentes
y, por supuesto, de alentados como de enfermos, de sanos como de discapacitados.
En efecto, civilización
y vida están estrechamente ligadas hasta el punto de que la primera
bien podría definirse como la forma de convivencia de un pueblo o de
un grupo de naciones, donde la vida es defendida, preservada y continuada.
Y esto no sólo frente a asesinatos, masacres y genocidios. También
frente al aborto, el suicidio y la eliminación de discapacitados, malformados
y ancianos.
Por consiguiente, sin cultivo
–y cultura significa literalmente cultivo- de los valores relacionados
con la vida, el devenir de un pueblo o de un grupo de naciones, mal podría
definirse como “civilizado”.
Atentar contra las distintas
formas o expresiones de la vida, o discriminar arbitrariamente qué
vidas merecen conservarse y cuáles despreciar o destruir, no es civilización,
sino barbarie, salvajismo, o si prefiere, abominable totalitarismo hitlerista.
Por desgracia, en épocas
de decadencia moral de las civilizaciones, se cultivan hábitos y anti-valores
contrarios a la vida, hasta alcanzar el rango de una contra-cultura, la llamada
“cultura de la muerte”.
La siniestra cultura tanática
o antivital, se ensaña en especial contra los más débiles,
inocentes e indefensos, como son, por ejemplo y en primer lugar, los niños
que se gestan en los vientres maternos con la legalización del crimen
del aborto. Legalización que en Colombia fue arbitrariamente impuesta
por la Corte Constitucional. Y hay que decir que contrariando no sólo
las leyes de Dios, sino las propias normas constitucionales (en especial los
artículos 11,12, 44, 93 y 243), e inclusive los fueros del Congreso
Nacional, que en no menos de 9 ocasiones negó tal legalización
en los últimos decenios.
Además de los niños
de vientre, para preservar la civilización, también hay que
defender la vida de los discapacitados, ancianos y enfermos terminales. Así
mismo ellos se cuentan entre los más débiles e indefensos.
Continuar con la nefasta
actividad de la cultura de la muerte para legalizar el crimen del suicidio
de los enfermos terminales, no es acto de “dignidad”, sino de
cobardía auxiliada o asistida, también en contravía de
la ética natural.
¿Se dirá, acaso,
como intento de justificación del acto doblemente abominable que obra
de por medio la “libre voluntad” del suicida?
Aunque es bien claro que
mal puede invocarse la “libre voluntad” para justificar aberraciones
contra la ley moral natural, tampoco puede apelarse a ella cuando, además,
se produce daño o lesión al bien común o bien de la sociedad
en su conjunto. De esto trata el segundo hecho, que se verá en el apartado
que viene a continuación.
2º. Todas las Vidas
Individuales Tienen una “Función Social”
La vida biológica, en efecto, no interesa sólo al sujeto o portador
personal de ella. También interesa, y de qué manera, a la sociedad.
Sólo un individualismo cerril, puede despojar a la vida de las personas
individuales de su carácter societario.
Individualismo cerril es
el que considera que puede haber derechos sin deberes. Y téngase en
cuenta que hablar de deberes, es referirse a obligaciones con los demás,
o con algunos otros, o con la sociedad en su conjunto.
Partidario de este individualismo
cerril entre nosotros, es el doctor Carlos Gaviria Díaz, quien cuando
era magistrado de la Corte Constitucional, dijo:
“Si la vida es considerada
un derecho, y no un deber, quien lo detenta puede legítimamente continuar
viviendo, o elegir acabarla. Y si no es capaz de hacerlo por sí mismo,
puede requerir la asistencia de alguien que puede aceptar o negarse. Finalmente,
si éste decide ayudarlo no puede ser castigado por ello, pues no ha
violado “un derecho ajeno”.
Monstruosa doctrina esta
de los derechos sin deberes, que ignora o desprecia exigencias elementales
del bien común. Porque si hasta de la propiedad –cosa simplemente
material y de menor jerarquía en los valores- se dice que “tiene
una función social”, con cuanta mayor razón ha de afirmarse
similar condición a los valores biológicos. Y esto no sólo
de los manifestados en vegetales y animales y por imperativos ecológicos,
sino ante todo, de la vida de los seres humanos. Y aquí tanto por razones
morales y sociales como por imperativos de conservación y supervivencia
de la especie humana.
La vida de toda persona tiene
una larga cadena de “propietarios”. En primer lugar, se pertenece
así misma, pues tiene existencia propia, aunque en el caso de los gestantes,
dependiente de la madre. En segundo lugar, pertenece a la madre que la ha
concebido, pero también, y con igual titulo, al padre. En tercer lugar,
pertenece a la sociedad, ya que a través de ese individuo, ella se
ha de perpetuar, conservar y, sobre todo, pertenece al Creador, Señor
y autor de toda vida.
No se diga, como excusa,
que un enfermo terminal se halla en una situación irreversible, porque
la experiencia muestra mejorías o curaciones incalculables. Tampoco
se diga que la vida de un terminal no ofrece valor ni utilidad para la sociedad.
Podrá ser cierto esto en el ámbito laboral y económico
por su incapacidad física. Mas no en otros órdenes donde los
terminales pueden aún enriquecer a la sociedad con valiosos aportes
de carácter intelectual, moral y espiritual.
La cadena anterior muestra
claramente que ningún individuo puede alegar títulos exclusivos
de propiedad sobre su vida y que toda vida, aún de los enfermos terminales
o de los discapacitados, puede ser fuente de valiosos aportes para el bien
de la sociedad.
La doctrina individualista,
tan nefasta al bien común, tuvo en el filósofo británico
Jhon Stuart Mill, uno de sus portavoces durante el siglo XIX y curiosamente
es él uno de los padres del permisivismo nefasto que hoy se pretende
continuar. Sostenía este filósofo que el Estado no debería
impedir ni castigar el derecho que los individuos tienen de causarse daño
a sí mismos, excepto que lo hicieran a los demás. Pero este
enunciado reposa sobre una suposición falsa: Que el daño que
se haga a sí mismo no lesiona también a los demás, lo
cual no es verdad, al menos en la mayor parte de los casos.
Por ejemplo, el daño
que el drogadicto se causa a sí propio no sólo lo degenera a
él, sino que lo convierte en potencial peligro para todos, ya que como
la experiencia enseña, cuando le falta el dinero para adquirir la droga,
la impulsión que sufre para conseguirla, puede convertirlo fácilmente
en atracador y asesino. Y esto sin considerar cómo en casos crónicos,
el drogadicto se convierte en parásito social y sujeto inútil,
además de perjudicial para otros.
No tan dramática es
la situación del suicida, pero no por ello menos contraria al bien
general de la sociedad. Degradar la vida del enfermo o del discapacitado para
hacerla objeto de autodestrucción legal –y peor con autodestrucción
asistida, igualmente legal - es del mismo modo individualismo hirsuto, que
se coloca de espaldas a siglos y aun milenios de civilizaciones y culturas
de toda clase, de todo y diverso signo moral y religioso, que con razón
han condenado el suicidio y lo han considerado como un delito punible.
Por todo lo cual, conclúyase
que legalizar la eutanasia es realmente contrariar la civilización.
Pero también es embarcar al país en la nefasta cultura de la
muerte.
Y todo lo anterior con un
agravante: Colombia está de hecho inmersa en esa cultura de la antivida.
Un tortuoso y tormentoso proceso de guerra civil autodestructiva, la aflige.
Comenzó primero como un conflicto entre partidos políticos,
por allá a partir de los años de 1948, pero se transformó
después en guerra antisistémica, por obra de las guerrillas,
los paramilitares y los narcotraficantes.
Legalizar ahora la eutanasia,
que “de buena muerte” no tiene sino el engañoso y contradictorio
prefijo, sería sumar más tragedias a la ya de por sí
gigantesca, prolongada y atroz que padecemos.
---
* José Galat Noumer - Escritor, diplomático
y catedrático nacido en Sogamoso. Actualmente es el rector de la Universidad
La Gran Colombia. Ha publicado varios libros en los que se analiza la situación
del país.
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