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Opinión | Tras las huellas de la escuela rural

Daniel Quintero Trujillo* | "En el camino que sube y baja montañas, con viento, sol o lluvia, ahí está una escuela Rural como un faro iluminando el desarrollo veredal".

Cuando vuelvo a transitar por los caminos del Llano del Tabacal, surgen a mi memoria las Escuelas Rurales, ubicadas muy cerca de un conglomerado con el propósito de ofrecer educación a los hijos de los campesinos.

Estas escuelas en su estructura arquitectónica eran casas sencillas de bahareque   pintadas de blanco, con techos de zinc, tenían una sola puerta por donde se entraba y se salía; adornadas con una ventana pequeña para el ingreso la luz solar; pisos de cemento y en otras veredas como el Alto de Ventanas o Cerro Gordo en la regional del Catatumbo, eran pisos de cascajo; también estaban dotadas de un tablero  giratorio pintado de negro, con  un compartimento para las tizas de diferentes colores y una almohadilla de tela para borrar. A la Maestra se le disponía de  un pupitre donde siempre estaba un regla o tira de madera, como instrumento de autoridad para acallar a los niños, cuando resultaba imposible establecer el silencio y poder proseguir con la enseñanza.

Todos estos salones escolares se adornaban con imágenes de Santos como de la Virgen o del sagrado Corazón de Jesús y con una botella de cerveza atada a la viga del techo  que servía como florero donde los niños dejaba las flores traídas de sus campos.

En la parte exterior contiguo al salón estaba un pequeño espacio como sanitario con una letrina  de cemento sin agua.

Los juegos escolares se realizaban en el camino o rastrojo, por carecer de patio de recreación, necesidad que era solucionada con los convites de los padres de familia, para hacerlos en cemento, como un espacio múltiple para la socialización, recreación e izada de bandera.

En la gran mayoría de estas escuelas el docente era una Maestra egresadas la antigua Escuela Normal Departamental para señoritas, que orientaban las Hermanas de la Presentación, Institución que les otorgaba el Título de Maestra elemental o Maestra Rural.

En esa época en Convención la Escuela Normal Piloto venía formando Maestros de Escuela Rural, pero existían veredas donde se nombraban profesoras que sólo habían hecho la primaria que con su vocación de servicio se dedicaban a trabajar en las zonas rurales.

Las actividades de la Maestra Rural, eran diferentes a las realizadas por los docentes de la zona urbana, que solo desempeñaba una función de enseñanza; mientras aquellas  asumía  otras tareas como ser líderes veredales, con el propósito de dinamizar el desarrollo cultural, orientando al campesino, ayudándolo a realizar trámites ante las autoridades municipales.

En las horas de la noche, a la luz de una vela o lámpara, se dedicaba a alfabetizar a los adultos, ya para esa época tenían como guía los programas de Radio Sutatenza de Monseñor Salcedo, que se sintonizaban en las veredas y campos para seguir las clases de los instructores radiales; los  sábados trabajaban con las juntas veredales para arreglo de caminos, enseñanza de culinaria a las madres de familia y preparar en la Escuela la llegada del sacerdote que el domingo llegaría para celebrar la Santa Misa.. Eran Maestras con verdadera vocación de entrega, que no solo estaba cerca de los estudiantes, sino también del campesino, debido a su compromiso con el desarrollo integral del campesino.

La Maestra que vivía cerca al sector urbano, como en la Laguna, Piedecuesta o la Vega, regresaban en el día a descansar en su hogar, pero las que estaban ubicadas en veredas alejadas, sin carreteras, medios de transporte o servicio de telefonía, como Casablanca, Balcones, Miraflores o las Pitas, se veían obligadas a permanecer largas temporadas ausentes de su familias, solo esperando noticias de sus padres e hijos por la información que llevaba el arriero, que había estado en el pueblo vendiendo su producción agrícola y la entrega de una cajita de cartón donde iba una encomienda para la sacrificada Maestra, eran alojadas en casas de generosos campesinos que valoraban la  labor de la Maestra, como un ser con un corazón tan grande como el de de una madre, que no escatimaba tiempo para educar a sus hijos.

Por los años 60 la Federación Nacional de Cafeteros asumiendo su responsabilidad social empresarial, empezó a desarrollar un proyecto de mejoramiento y construcción de Escuelas en las Zonas de producción cafetera, dotándolas de todos los servicios, luz agua e instalaciones con normas de higiene escolar, incluyendo en el diseño arquitectónico vivienda para el docente, cocina con fogón de tres piedras y un reverberó, además de una oficina diferente al salón de clase para la atención de padres de familia, cancha para la recreación de los estudiantes y amplios jardines que hacían percibir la escuela como una casita encantada.

Su tarea didáctica era multidireccional, ya que enseñaban en un solo salón a niños de diferentes edades y grados de primero a quinto, explicando el tema a los más avanzados, dejaban guías de aprendizaje para que las desarrollarán, mientras atendían a otros grupos; era como un malabarismo didáctico atendiendo 5 grupos diferentes; actividad pedagógica que se conoció en el Movimiento pedagógico de la época como la escuela Unitaria. Además, estas escuelas orientaban  en la formación en valores, siempre enfatizando el respeto por el medio ambiente y las personas con los cuales se interactúa.

En las escuelas rurales el proceso de enseñanza aprendizaje del estudiante contaban con recursos enriquecedores ya que se estaban en contacto con la naturaleza se hacían paseos al monte con fines de estudio y participación en los diferentes trabajos del medio rural, fundamentalmente en agricultura y ganadería.

Algo interesante que se observaba en la escuela eran los rincones escolares como unos espacios  donde se ubicaba el escaso material didáctico elaborado por la Maestra, los textos escolares de consulta como el libro de lectura  alegría de leer, la Urbanidad de Carreño, cien lecciones de historia sagrada, el catecismo Astete y la aritmética de Bruño, destinados al refuerzo del conocimiento.

El Supervisor escolar o inspector de educación como se denominaba, cuando realizaba las visitas de evaluación, dejaba plasmadas en el  libro de actas, sus valoraciones sobre  el aprendizaje  de los estudiantes, velocidad y claridad lectora, aprendizaje de las matemáticas, caligrafía y presentación de los cuadernos escolares, como también anotaciones y advertencias sobre  la necesidad de dotar a la escuela de los medios y recursos imprescindibles, pero que nunca se hacían efectivas por parte de la autoridad municipal y departamental, ya que estas escuelas recibían tratamiento de segunda categoría, pero además se consignaba en el acta de visitas las aspiraciones de la Maestra para que en el próximo año lectivo, se le trasladará a la zona urbana.

También la Maestra rural inculcaba a los padres y niños el desarrollo de actividades agrícolas en la escuela como la huerta escolar, cría de conejos y arreglo de  los jardines para ello, dotaban pequeños lotes agropecuarios, que servían para cumplir con la finalidad de despertar en los estudiantes, el amor por las actividades.

La familia, era para la Escuela Rural, una institución de gran importancia ya que debía participar en los proyectos escolares: muchas veredas donde el gobierno municipal no prestaba atención a la educación, la pobreza de las escuelas era tal que los padres debían aportar la dotación consistente en bancos que se utilizan en el aula como pupitres. En las veredas más inseguras, los alumnos cargan al hombro, mañana y tarde su propio banco; los padres además, asistían a reuniones, colaboraban en la educación de los hijos y aprendían manualidades  para las exposiciones de final de año.

Debido a que los escolares debían acompañar a los padres en los días de mercado o ayudar en las temporadas de cosecha del café o de molienda panelera las  aulas se veían desoladas, lo mismo sucedía en las temporadas de intensa lluvia cuando los caminos se encharcaban o el riachuelo o quebrada se llevaba el puente que comunicaba con la escuela. Este ausentismo también se presentaba en otras veredas por problemas de inseguridad  y los padres abandonaban el territorio, con la consecuente pérdida del año escolar para los niños; desapareciendo así un gran número de escuelas, quedando las aulas vacías, como los nidos abandonados por las aves del campo; situación que en los años 70 aprovecho el Ministerio de Educación para dejar de nombrar Maestros y Maestras en las regiones donde el número de niños fuera inferior a 15 estudiantes, obligando a los docentes a realizar campañas de promoción de la Escuela Rural para garantizar a las comunidades el derecho sagrado a la educación.

Esta aquí un pequeño retazo de lo que fue en el siglo pasado la tarea pedagógica de las Escuelas Rurales como un motor dinamizador de la cultura campesina.
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*Educador y Escritor.
@daniquinterot
Danielquintero47@gmail.com

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