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Opinión | Viajando por la selva

Viajando por la selva
Daniel Quintero Trujillo* | Fue el 1 de julio de 1972, cuando por primera vez visite la ciudad de Leticia, en ese entonces capital de la comisaría del Amazonas. Monseñor Marceliano Eduardo Canyes Santacana, un catalán, que era jefe político, militar y religioso de la Región.

Ocasión en  la que disfruté de la compañía del antropólogo Eliecer Silva Celis director del Museo de Sogamoso y de un grupo de profesores del área de Ciencias Sociales de la UPTC,  teníamos como misión visitar a las zonas indígenas para realizar una investigación de carácter socioeducativo de la comunidad.

Nuestra llegada estuvo condicionada a que el grupo expedicionario tuviese información sobre la Geografía e historia, para ello Monseñor nos envió una cartilla elemental,  con la cual los niños aprendían sobre su región y después de 2 meses recibimos un cuestionario para responder y habilitar nuestro ingreso, toda vez que el mundo era poco avanzado en el desarrollo tecnológico y en las comunicaciones ágiles de estos tiempos.

En el puerto de Girardot sobre el Río Magdalena tomamos un Hidroavión – o anfibio – tipo Catalina, de desplazamiento lento, después de 120 minutos de viaje, acuatizó sobre el Majestuoso  Rio Amazonas que tiene 6.800 km de largo, el mismo río que Francisco De Orellana en 1541 descubriera y le diera su nombre haciendo remembranza a las bellas mujeres guerreras de la antigüedad que con faldas largas de Colores montaban a caballo y con el pecho derecho aplanado daban descanso a los arcos de las flechas para atacar y conquistar.

Pocos minutos antes del acuatizaje y de atravesar un inmenso tapete verde contemplamos en la parte sur de Colombia, el río que bordeaba la figura de una Pata de Cabra  muy cerca al trapecio amazónico y un "escarbado como de gallina " que nos indicaba que en medio de la selva se levantaba un caserío llamado Leticia, en remembranza a la diosa de la naturaleza que trae alegría y amor a la Zona: de allí su nombre Amazonas.

Para la época no existía muelle, tuvimos que viajar con botas de caucho para caminar por el agua turbia, unos 500 metros y luego llegar a las calles que estaban sin pavimento, nos ubicamos en el Hotel la Manigua, una casona con techo de paja como bohíos, allí nos esperaba Monseñor para darnos la bendición de bienvenida y feliz estadía, recordarnos las más elementales normas de urbanidad, para que nuestra conducta estuviera enmarcada en el decoro y sanas costumbres; amonestaciones que hacían ver su misión de un excelente pastor religioso y educador de extraordinario quilates.

El primer contacto fue con el parque Santander, allí contemplamos la planta acuática Victoria Regia con hojas circulares de aproximadamente un metro de diámetro sumergida en el agua, con tallos  de cuatro metros que soportan hasta 60 kilos de peso, para ello comprobamos con un compañero de esquelética figura que se posó sobre la hoja, llenándonos de admiración por lo exuberante de la naturaleza.

A las 5 de la tarde observamos que la flor de color morado, abría sus pétalos para cerrarlos a las 9 de la mañana del día siguiente, fuimos testigo de la variedad de pericos, garzas blancas, papagayos y pájaros multicolores que como aviones emplumados, escogían sus árboles predilectos, para reposar del ajetreo del día y despedirse de los habitantes  con  hermosos cantos de alabanza a la naturaleza.

Cuando el hambre de la noche nos exigía buscar la cena, fuimos al restaurante a solicitar carne, pero no era la costumbre, allí sólo se conseguía pescado gambitana, palometa o medallones de culebra Guido, este último fue el plato escogido por la novedad y lo exótico de la comida con sabor a pollo tierno, que saciaba el hambre de la selva y como dice el refrán popular" – barriga llena, corazón contentó –

La agenda nos señalaba como el siguiente destino Puerto Nariño: Una población  a 87 Km donde se encuentra el lago Tara poto y es hábitat de los delfines Rosados, peces pulmonados, que según la leyenda cuando se enamoran de una mujer, hacen piruetas alrededor de la embarcación y luego en la noche vestidos con traje de hombre van al sitio de  su alojamiento para atraparla, llevarla al rio y ahogarla.
Viajamos en lancha por esa ancha autopista acuática, donde el cielo tiene los colores del arco iris y la brisa suave acariciaba nuestra figura sudorosa  por el intenso calor del medio día.

Durante el trayecto se contemplaban los peces voladores aturdidos por el ruido y el movimiento de la lancha, el desplazamiento de inmensos troncos, de los árboles arrastrados por la furia de las aguas turbias del rio más largo y caudaloso del mundo. El avance de canoas cargadas con pescado que sacan con atarrayas, la yuca y el plátano, recogido de las olvidadas poblaciones ribereñas, mientras mentalmente alabamos a un Dios creador de esta naturaleza verde, exuberante y paradisíaca.

Ya en tierra entramos en contacto con la comunidad de los indios Yaguas, adornados con collares hechos con calaveras de piraña, su cara pintoreteada con anilinas naturales, entre ellos el árbol de achiote, cultivado en sus alrededores. Estos indígenas con taparrabo y las mujeres con los senos descubiertos, permanecían descansando en sus hamacas tejidas con cabuyas y colgadas de las malocas lacustres, esperando que un pez saltara a la vista para lanzarle el flechazo, atraparlo y comer  acompañado de harina de yuca brava o fariña que les daba la sensación de llenura; mientras los niños desnudos jugaban a la orilla del río sacando los sapitos saltarines.

Alrededor de las habitaciones de los indígenas encontramos plantas medicinales que según sus costumbres curaban todo tipo de enfermedades, el piso de hojas secas de los árboles que con el humedal de la zona lo hacían movedizo, en ocasiones corrimos el riesgo de hundirnos en la superficie.

Tuvimos la posibilidad de observar las escuelas de la región orientadas por comunidades religiosas. Desarrollaban un Pensum propio de la cultura indígena, posteriormente el Ministerio de Educación lo implementó como una metodología de enseñanza, para que los Normalistas Superiores se especializaran en Etno educación.

La asistencia a la escuela se alternaba: una semana los  niños se dedicaban a las tareas agrícolas y oficios domésticos, mientras las niñas se dedican al estudio, actividad que cambiaba en la semana siguiente, los chicos iban a estudiar y las niñas al oficio de casa. Las adolescentes en periodo menstrual eran aisladas de la maloca a un refugio diferente donde permanecían encerradas durante tres días, recibiendo sólo una comida diaria.

Continuando con el viaje, visitamos la isla de los Micos, un lugar paradisiaco, ubicado en el corazón de  la selva,  en el corregimiento de Santa Sofía a  30 kilómetros de Leticia cerca al  Puerto de Tres Fronteras, donde confluyen los límites de  la República del Perú, Brasil y Colombia.

La isla tiene una extensión de 450 hectáreas, con inmensos árboles (cedros, cauchos, samanes y capiruní o árbol de la fertilidad, entre otros) tienen más de 40 metros de alto que albergan más de 5000 micos frailes y una gran variedad de mariposas revoleteando en la vegetación; chicharras y langostas con sus ruidos de ventrílocuos y reptiles arrastrándose alrededor de la selva.

Este sitio fue adaptado por  el Americano Myke  Tsalykis como lugar de diversión y exportación de fauna exótica a Norte América, allí el visitante encuentra senderos para facilitar el desplazamiento, se puede interactuar y divertirse con los micos acróbatas a cambio de un banano, pero, quienes no les dan de comer, pueden ocasionar la furia del animal que deposita sus excrementos en las manos para tirárselos al insensible visitante o pueden treparse sobre su cuerpo.

Al final de la expedición, nos embarcamos en un bote con destino al municipio Benjamín Constant del Brasil, que lleva el nombre en memoria de un político francés que predicó la libertad y respeto por los derechos del ciudadano. Sitios dedicados a la exportación de madera y la extracción del látex, recorrimos las tiendas comerciales para comprar jabones Febo, chocolates Garotos  y champaña Peterlongo, luego a buscar restaurante para refrescarnos de los 30 grados de temperatura con una cerveza Antártica y escuchar el hermoso sonido del idioma portugués.

De regreso a Leticia, caminamos una o dos calles para ingresar a Tabatinga y el Marco en Brasil. Fuimos a conocer una escuela de zamba, contemplamos los monumentales cuerpos semidesnudos de jóvenes bailarinas, que se contorsionaban con la música a semejanza de los carnavales en Rio de Janeiro, luego nos despedimos en portugués "moito obrigado" dispuestos en la noche  a disfrutar de una luna llena  y de los cuentos de Rio, con el sabor delicioso de la más famosa champaña brasilera.

El 10 de julio emprendimos viaje a Nuestra alma Mater, cargando con una multiplicidad de artesanías elaboradas por los indígenas (arcos con flechas, siluetas de guacamayas en madera, rostros de tigres, mochilas de cabuyas) después de haber consignado en nuestras agendas los problemas de desnutrición, de deforestación de la Selva, por la constante tala de árboles milenarios, la exterminación de muchos animales por su comercialización, el aislamiento y abandono de la región por las políticas de estado y la amenaza de la castellanización en la enseñanza, toda vez que la educación era contratada por Comunidades Religiosas sin ningún dominio de la lengua indígena.

En nuestro centro de enseñanza, hicimos el propósito de regresar algún día a este paraíso natural y pulmón del universo.

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*Educador y escritor.

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